lunes, 11 de enero de 2010

El Cañonero

Con permiso de la autoridad competente, como el tiempo sigue sin impedirlo aunque lo intenta, Dios Mediante, permitidme que os cuente algo:

En Valencia se ha reabierto un debate que tiene su miga. Me refiero al asunto del Cabanyal y de la ampliación de Blasco Ibáñez. En principio el objetivo es revitalizar una zona castigada por la marginalidad, por la dejadez de años que a provocado situaciones muy alejadas de lo deseable.

Digo que este asunto tiene miga, porque hay, de facto los hay, vecinos que no están por la labor. Que no les parece bien, que están a gusto como están y no quieren cambios. Aquello de “virgencita virgencita…”

A veces, este tipo de desavenencias se solucionan en los tribunales, cuando hablando no se entiende la gente, acuden a la justicia para que dictamine y zanje conflictos.

Esto es lo que ha pasado en los últimos años, propuesta del ayuntamiento, unos contentos y otros no. Los contentos miel sobre hojuelas y los que no, pues a defender sus derechos, que para eso estamos en un Estado de Derecho.

Tras más de 12 años de pleitos, el Ayuntamiento de Valencia ha ganado todos, ha obtenido los beneplácitos judiciales pertinentes.

Evidentemente, de la situación inicial poco ha cambiado. El ayuntamiento propone, el juez dispone y hay gente a favor y gente en contra. Vamos, que nada nuevo, nada extraño. Me gusta poco acudir a tópicos, pero es que nunca llueve a gusto de todos.

Total que cuando ya todo parecía encaminado, escuchadas las partes, acudido a los tribunales y demás, aparece el Ministerio de Cultura y planta un decreto mediante el cual anula todo cuanto diga la justicia.

La respuesta del gobierno valenciano, similar, otro decreto y p’alante.

El resultado es que se trastoca, se desfigura algo que, una vez más, se ha politizado cuando no tiene el menor sentido político. Respuesta desproporcionada ante un problema que ya se había resuelto según los cauces previstos por la Constitución Española, que así, a modo de resumen viene a ser lo siguiente: Usted viva, trabaje, pague sus impuestos y si siente que alguien le está perjudicando, acuda a los tribunales.

El problema de todo esto es que, una vez más, entran en conflicto los intereses políticos de Moncloa y la Generalitat. El eterno disparate mediante el que se castiga que una región vote a un partido y en el gobierno central esté otro.

Lo cierto es que lo peor de esto es que no es propiedad privada de los actores políticos que nos gobiernan en esta ocasión. Me explico, que es habitual que si gobierna un color en un pueblo, y yo soy de otro y tengo un ámbito de gobierno mayor, pues a ese pueblo ni agua.

Estas cosas solo consiguen recortar la confianza de la ciudadanía en sus políticos, poco más.

Hablemos ahora de Europa.

Va la cosa de celebraciones. De festejos, juergas, guateques, algarabía, conmemoraciones, jubileos, solemnidades, acontecimientos, saraos, veladas y verbenas.

De anuncios, jolgorios, alegrías, barahúndas, bataholas, bullicios, bureos, cachondeo, carabas, carnavales y juerga.

También un poco de desmadre, entretenimiento, fandango, farra, francachela, gresca, jaleo, parranda, risa y zambra.

El asunto versa de todo esto, que es lo que ha montado José Luis Rodríguez Zapatero con motivo de esto de la presidencia de la Unión europea.

En muchas, por no decir en la mayoría de las comunidades de vecinos, el presidente es cosa de turnos. Ya saben ustedes a qué me refiero, “este año el del primero, puerta uno, el que viene, el del quinto, puerta diez”. Así sucesivamente.

En la Unión Europea, sucede algo similar.

Sería divertido, de chiste de Arévalo, Don Pío, Gila o Eugenio. De squetch de tip y coll, ver a un presidente de la comunidad de vecinos montando la fiesta padre para celebrar que le ha tocado, por vivir en la puerta uno, ejercer durante ese año.

Algo de beber y aperitivos de esos reveníos recién comprados en el Carrefour. Con sus dátiles enrollados en Bacon y todo. Que no falte algo de cacahuete, almendra y anacardo, que eso da señorío.

Además, vamos a poner una lona de esas bien grandes en la fachada Paco, que se vea que somos presidentes.

Fruto de la mente genial de un guionista, nos suena todo esto al Señor Cuesta, a su frustración y a su vía de escape, a su manera de sentirse importante al presidir “esta, nuestra comunidad”.

A nadie se le escapa que montar todo esto sería ridículo por festejar algo que viene impuesto, que simplemente te toca, que es cuestión de turno y nada más.

Pues algo así es lo que ha montado el presidente del gobierno. Lonas enormes, por cierto, ¿quién las paga?, enaltecimiento de algo como mérito, cuando, en realidad carece de la mayor importancia.

Presidente de turno de la Unión Europea, fiestón.

Cuando la lógica abandona, se trata de hacerse fuerte como sea, con lo que sea, por el medio que se plantee y sin preguntar demasiado. Como el Lute, camina o revienta.